La luna pálida en su tercer vuelo.
He estado pensando en cómo empezar esta historia. No en el sentido literal —el primer capítulo ya está escrito, Bai Qiulan ya escapó del Estandarte, ya encontró su camino—, sino en el sentido más amplio. Cómo presentar una historia que nació del desacuerdo. De la insatisfacción. De leer el final de una novela y pensar: "No. No puede terminar así."
Encontré Betrayal by 8 Empresses, Now They Regret It por casualidad, como se encuentran la mayoría de las cosas que te cambian la vida. Era una novela de venganza, de esas que abundan en los rincones más populares del género de cultivo. El protagonista, Lu Ye, era un Venerable Celestial traicionado por sus ocho esposas, que renacía para ajustar cuentas. Una a una, las mujeres que lo habían envenenado iban cayendo, y el lector debía aplaudir cada derrota, cada humillación, cada muerte.
Pero yo no aplaudí.
Entre las ocho traidoras, había una que me resultaba imposible de odiar. Bai Qiulan. La mayor. La más compleja. La maestra que había fingido ser virtuosa durante siglos. La mujer que había administrado el veneno con sus propias manos, sí, pero también la mujer que había llorado a solas cuando nadie la veía. La que había construido una jaula de mentiras a su alrededor y se había encerrado dentro. La que, en el fondo, solo quería ser amada, aunque no supiera cómo.
Su muerte fue el clímax de la novela. Fue expuesta ante todos los cielos, humillada, destruida. Lu Ye la atravesó con su espada mientras ella, rota y sin máscaras, ni siquiera intentaba defenderse. Fin de la villana. Fin de la historia.
Cerré el libro y me quedé mirando la pared durante mucho tiempo.
No podía aceptarlo. No porque Bai Qiulan fuera inocente —no lo era—, sino porque su final era demasiado simple. Demasiado limpio. La novela la había tratado como un obstáculo que debía ser eliminado, no como un ser humano que podría haber sido redimido. Y yo, que había pasado demasiadas noches en vela preguntándome por qué algunas personas hacen lo que hacen, no podía dejar de imaginar una historia diferente.
¿Qué habría pasado si alguien le hubiera tendido la mano?
¿Qué habría pasado si, en lugar de morir, hubiera tenido la oportunidad de cambiar?
Así nació esta historia. No como una refutación de la original —Lu Ye tenía sus razones, su dolor era real, su venganza era justa—, sino como una rama alternativa. Una tercera vida. Un camino que la novela nunca exploró.
En estas páginas, Bai Qiulan no es la villana que muere al final del arco. Es la protagonista de su propia historia. Escapa del Estandarte del Emperador Humano, ese vacío donde las almas traidoras pagan su penitencia, y regresa al pasado con todos sus recuerdos intactos. Sabe lo que hizo. Sabe lo que le hicieron. Y esta vez, toma una decisión diferente: no perseguirá a Lu Ye. No mendigará un amor que ya no existe. No repetirá los mismos errores.
En lugar de eso, encontrará a alguien que le tenderá la mano. Un hombre de otro mundo, un lector que, como yo, leyó su historia y no pudo aceptar su final. Un Arquitecto que construyó veintiún jardines para darle una oportunidad.
Y juntos, construirán algo nuevo.
Esta no es una historia de venganza. Es una historia de redención. De autodescubrimiento. De aprender a vivir sin máscaras. De aceptar que el pasado no se borra, pero tampoco define el futuro. De comprender que incluso las personas más rotas pueden reconstruirse.
Bai Qiulan recorrerá jardines de luz y de sombra, enfrentará sus miedos, sus deseos, su veneno, su orgullo. Aprenderá a gobernar un reino, a confiar en otros, a ser madre. Descubrirá que la felicidad no es un premio que se gana, sino una elección que se hace cada día.
Y al final, quizás, encontrará algo que nunca tuvo en sus dos primeras vidas: paz.
No sé si esta historia corregirá la original. No sé si hará justicia a un personaje que, al menos para mí, merecía algo mejor. Pero sí sé que vale la pena contarla.
Porque todas las historias merecen una segunda oportunidad.
Incluso las villanas.